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Sin tetas no hay paraíso

¡ME ENCANTA!

La casa por el tejado

Ahora sí, parece que ya empiezo a entender.
Las cosas importantes aquí
son las que están detrás de la piel
y todo lo demás empieza donde acaban mis pies.

Después de mucho tiempo aprendí
que hay cosas que mejor no aprender.

El colegio poco me enseñó.
Si es por esos libros nunca aprendo…

A coger el cielo con las manos,
a reír, y a llorar lo que te canto,
a coser mi alma rota,
a perder el miedo a quedar como un idiota,
y a empezar la casa por el tejado;

a poder dormir, cuando tú no estás a mi lado.
Menos mal que fui un poco granuja.
Todo lo que sé me lo enseñó una bruja.

Ruinas, no ves que por dentro estoy en ruinas.
Mi cigarro va quemando el tiempo,
tiempo que se convirtió en cenizas.
Raro, no digo diferente, digo raro.
Ya no sé si el mundo está al revés
o soy yo el que está cabeza abajo.

El colegio poco me enseñó.
Si es por el maestro nunca aprendo…

A coger el cielo con las manos,
a reír, y a llorar lo que te canto,
a coser mi alma rota,
a perder el miedo a quedar como un idiota,
y a empezar la casa por el tejado;
a poder dormir, cuando tú no estás a mi lado.
Menos mal que fui un poco granuja.
Todo lo que sé me lo enseñó una bruja.

(No estás… no estás)

Y en el sur de tu cuerpo sé donde ir.
El secreto de esa estúpida sonrisa que mi cara refleja
los días de lluvia y tormenta
como colgados a mal.
Seré un pobre infeliz si me falta
el jardín de las delicias y to, bajo tu falda,
aunque sé de buena tinta que no es sólo para mí.

Cuentan maravillas mis amigos de ti.

No estás… a mi lado

La página en blanco

«Cada uno [cuaderno] tiene una hoja de papel secante entre las páginas, y todos están en blanco, a excepción de la primera página, en la que normalmente escribo algo del estilo de: “En este cuaderno anotaré todo lo que me venga a la mente, y pasado algún tiempo veré cómo emerge una imagen de mí, armada con fragmentos signiificativos…” Y después, nada. Me quedo helado como le pasa a uno cuando las cosas adquieren un interés ilegítimo..

He intentado consagrar cada cuaderno de notas a un tema diferente: los libros que estoy leyendo, mis ideas políticas, los problemas que tengo con mi madre, Susan, mis actuales amantes, etc. Pero en cuanto empiezo, me distraigo limpiando mis plumas que gotean, recargándolas, probando las plumillas y preguntándome por qué la tinta no fluye regularmente.»

Hanif Kureishi. Intimidad.

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Finales de febrero

    Aireo el edredón, pongo las sábanas ensuciadas en dos días a lavar. Más de una ducha al día se hace habitual. Eso sí, con cuidado de no borrar del todo el olor corporal que no me pertenece pero que se ha quedado en mi piel. Absurda idea, como la de intentar alargar los buenos momentos.

La búsqueda del amor se sigue reduciendo a polvos a los que tarde o temprano llega el olvido, tanto da que sea en el baño de nuestro pub preferido que a la luz del día en un colchón alquilado. Y sin embargo, inútilmente me quería convencer de que había algo más. Otro absurdo intento de querer convertir a las ratas en caballeros mínimamente chic.

Sólo que el último no tenía ninguna papeleta para ser una rata. Incluso, después de todo, no creo que lo sea.

No sé…

La vida da muchas vueltas y está llena de sorpresas. Eso es lo que dicen, y eso es lo que sé.

Pero no sé…

Vida sana

Tras los excesos navideños una siempre dice aquello de “cuando vuelva al trabajo, me pongo a dieta y a hacer ejercicio”, propósito (de nuevo año?) que nunca cumplimos. Después llegan las vacaciones del primer cuatrimestre, lo que supone una larga temporada en casa de los padres y una alteración enorme en la dieta alimenticia, ya que dejo de comer lo justo y empiezo a comer en exceso, algo que no sería demasiado problema si haciese ejercicio, pero cuando me paso el día de la cama al sofá, del sofá a la silla del comedor, de la silla del comedor a la del ordenador, del ordenador al sofá y del sofá a la cama la cosa ya cambia. Mucho. Así que, a casi dos semanas de volver a la rutina estudiantil (o laboral, como se prefiera ver) y cansada de ver cómo mi figura se va ensanchando y ensanchando ahí donde no debería, ni corta ni perezosa me decidí a empezar con la vida sana. Ejercicio todas las mañanas, beber más agua y comer bien y menos dulces.

Anoche me acosté a los dos de la mañana. Siendo fiel a mi buen y sano propósito de levantarme temprano, mientras no hay coches (y por tanto, menos contaminación, que ya bastante tengo con ser asmática) para hacer ejercicio, me levanté a las ocho y media. Como estoy poco acostumbrada a hacer ejercicio pensé que mejor sería desayunar primero y después ir a correr, siendo consciente de que es mejor hacerlo al revés. Pero después, cuando me estaba vistiendo, pensé que mejor sería coger la bicicleta para hacer ejercicio cardiovascular, y eso fue lo que hice. Anda que no hacía tiempo que no cogía una bicicleta! Pues acababa yo de empezar y no vean qué gusto pedaleando por el paseo marítimo, sintiendo la brisa y el olor a mar. Mis pulmones se quejaron al poco tiempo de empezar, pero intenté controlar la respiración para poder seguir adelante y cumplir con el recorrido que tenía pensado (no sé cuántos kilómetros son, pero en tiempo se tarda sobre una hora), y efectivamente, minutos después respiraba con normalidad y sin fatigarme. La mayor parte del recorrido lo hice lo más cerca posible del mar, y pedalea que pedalea, respira que respira, pensaba que qué bonito día hace hoy y qué horror que casi me quedo otra mañana en casa comiendo magdalenas o lo que encontrase y que mañana repito, y con más ganas si hace un día como el de hoy.
Al menos, eso era lo que pensaba yo. Porque no sabía lo que me iba a pasar después. Volviendo ya a casa, tenía que ir por una carretera muy estrecha con acera para peatones. Pensé que, si por algún casual venía algún coche detrás de mí (yo, como de costumbre, tengo bastante en cuenta las leyes de Murphy), el pobre conductor de turno iba a tener que soportar tenerme a una ciclista patosa hasta llegar a la rotonda que hay antes de cruzar el puente de La Isla, así que como no había peatones se me ocurrió que podía subir a la acera para que, dado el caso de que viniesen coches, estos circulasen sin problemas. Pues ahí iba yo, toda contenta con semejante reflexión realizada en cero coma, dispuesta a subir a esas aceras que tienen piedrecitas (por no quitar el -itas) incrustadas en su cemento y cuyos bordillos están desiguales, hecho del que me había olvidado hasta estar lo suficientemente cerca como para poder apreciar bien la acera. Y vaya que si la aprecié bien. Porque yo no sé si fue algo que hice o que no hice o si fue por la acera, pero en vez de subir el bordillo, la rueda delantera no sube el bordillo (que era MUY BAJO y esa misma mañana había subido y bajado un montón de bordillos de aceras más altos, todo hay que decirlo) sino que choca contra él y yo ya no estoy sentada en el sillín sino dándome una galleta tremenda contra la acera. Y ojo, que no caí de lado, como hubiese preferido, ni siquiera de bruces, no. Caí de rodillas, tal cual. Y vuelvo a las piedrecitas incrustadas en el cemento de la maldita acera. Pero qué maaaaaaaaal!!!!!!! Cómo me puede pasar esto a mí???

De camino a casa, una vez que me pude montar otra vez en la bici, decidí no volver a montarme en una bicicleta que no sea la estática al menos hasta dentro de algunos meses. Y hasta que me pude hacer las curas y ponerme hielo para bajar la hinchazón de las rodillas pensaba que qué asco de vida sana, que era mejor pasar por el quirófano y dejarse de tanta chorrada. Por fortuna, fue un pensamiento momentáneo, porque en cuanto vuelva a la ciudad tengo clarísimo que me apunto a un gimnasio, que por lo menos si me pasa algo allí tendré a mucha gente (hombres… ejem ejem) dispuestos a echarme una mano o lo que haga falta.

Con todo, la operación bikini acaba de empezar.

¿Llevamos la vida que queremos?

“En algún momento elegí y ya no tiene remedio, no tiene sentido mirar hacia atrás o hacia adelante, pensar qué hubiera sido; el ayer no existe y el mañana está muy lejos. Elegí la libertad como compañera de viaje y ella no sabe de ternura y soledad.”

“Pero la vida está aquí, y el precio de la libertad es la soledad, y el precio de ser pájaro la esclavitud del viento.
Y a veces sueño con una casita en el campo y un príncipe azul. Pero en el fondo sé que no puedo; me falta valor para afrontar la vida cotidiana, la rutina de un trabajo o el compromiso de un amor.”

Miriam García Pascual. Bájame una estrella.

Feliz 2008!

    Aunque estemos ya en la segunda quincena de enero, no podía no poner FELIZ 2008 en el blog.

Aunque haya empezado el año muy bien, ahora, en la segunda quincena de enero, ya se me ha roto el corazón otra vez.

Y el responsable es el mismo de siempre…

ÉL…

¿o YO?

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